Kendrick Lamar: el mayor rapero de la nueva generación

El condado de Compton, en Los Angeles, California, es sinónimo de calles peligrosas. Esto, en el mundo del hip hop. Primero fueron las rimas de N.W.A., colectivo que contaba con Dr. Dre y Ice Cube entre sus filas, que en Straight outta Compton (1988) hablaba de la complicada y violenta vida de la ciudad estadounidense.

Más de veinte años después, en 2012, Kendrick Lamar (28) lanzó Good kid, m.A.A.d city, su segundo álbum de estudio, y la turbulenta historia de su tierra natal nuevamente se filtró en la música. Pero el disco no sólo cambió el paisaje de Compton, sino también la vida de Lamar. El joven rapero pasó de ser un nombre promesa a probablemente uno de los artistas más relevantes del género actual. Ahora llena arenas y festivales, se codea con el mismo Dr. Dre, gira con Kanye West, y Pitchfork lo elige el segundo mejor disco de lo que va de década.

“Me ha cambiado toda la vida, para bien o para mal”, dice Lamar, al teléfono desde Estados Unidos. El músico se reconoce como un ejemplo en su comunidad: la suya es la historia, como muchas en el hip hop, donde la música lo salvó de la calle. Lo reiteró en un video promocional para Reebok, marca que lo eligió como su nuevo embajador, donde pasea por su barrio y se desahoga gritando triunfalmente en un puente. “Si no me hubiera expresado con la música, habría terminado en la calle frustrado. La música es la mejor herramienta para superarse”, declara a La Tercera.

“Ahora creo que hay un poquito más de esperanza para gente que antes no tenía, y se ve que los jóvenes pueden sentirse más cómodos consigo mismos. Pero todavía estamos construyendo los cimientos de algo más grande y mejor”, explica sobre su ciudad.

En Good kid, m.A.A.d city, Lamar explotó como estrella del hip-hop con un álbum donde con letras personales describe un día dentro de su vida en Compton, donde pasa de robar por presión de sus pares hasta presenciar un asesinato. La producción es lúgubre y el músico despacha sus rimas tomando distintas voces y efectos sonoros, pasando de la vulnerabilidad a la rabia en segundos. “Me gusta explorar diversas clases de facetas vocales. Soy un fanático de Prince, y a él, cuando se acercaba al micrófono, nunca se le veía aburrido de probar su voz como un instrumento. Podía cantar en falsetto o como barítono, y siempre quise ponerme a ese nivel, pero a mi manera”, afirma Lamar.

Si en 2012 pasó a ser un nombre inconfundible para el mundo anglosajón, en 2013 se dedicó a cimentar su nueva posición. Giró de forma permanente, y probablemente lo más destacado, lanzó un polémico verso en una canción de su colega Big Sean, donde se declaró el rey de Nueva York, un acto casi suicida dentro de un género donde los californianos no son bien vistos en la Gran Manzana.

Pero en 2014, su tónica ha sido el silencio. Ha tenido contadas presentaciones, y en general no ha dado muchas declaraciones. Se sabe que está grabando su esperado nuevo álbum, para el cual lanzó el sencillo, i, en septiembre, que volvió a generar ruido por su colorida instrumentación, que difiere diametralmente de sus canciones anteriores. “La verdad no tenía esa intención en la cabeza. Cuando hago las canciones, sólo sigo la idea que quiero satisfacer, pero no pretendo generar un efecto específico, o intentar duplicar cierto sonido. Cuando llega el momento de crear, sólo me lanzo”, asegura.

Como todos estos meses, no quiere detallar mucho de su nuevo álbum. “Aseguro que ya está tomando forma”, dice. Y las enormes expectativas que hay en su trabajo, también las toma con relajo. “No creo sentir presión. Simplemente tengo la necesidad de volver a hacer algo que conecte con la gente. Reflexiono mucho sobre qué está pasando con las personas, y me gusta profundizar en esos temas. Creo que si logro eso, en algo que identifique a la gente, el disco va a salir bien”, explica. ¿Y sobre un eventual debut en Sudamérica? “Eso va a pasar sí o sí. Estaré por allá para las Elecciones 2017. Sólo deben ser pacientes”.

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